martes, 21 de diciembre de 2010

El hombre del trastero

El hombre del trastero (febrero 2008 - octubre 2010)

El hombre se molesta en levantar la persiana de la tienda otro día más,
solo merece un vistazo, de tan pelado que está, el escaparate,
es para sabérselo de memoria, a fuerza de pasar cada mañana por delante,
ruidos secos demasiado agudos de los utensilios,
barre el polvo de las obras que el viento baja por la calle,
su sangre ya bombea, es la arteria del vecindario,
y el silencio no se forma porque zumba la electricidad.

El hombre se abstrae con libros tras el mostrador,
descubre por qué las lágrimas dejan reguero,
son señales en la piel para que puedan regresar,
señales de sal que el agua recupera al pasar,
luego cierra el libro, lo aprieta, pero sigue medio doblado,
se acerca a la acera para despedirse discretamente del exterior,
y, os lo cuento tal como lo veo,
cuando baja la persiana, va a la cama del trastero.

El hombre deja junto a la puerta la bolsa con la comida preparada,
el póster de Yvonne Reyes cuelga de una estantería, sujetado por un pisapapeles,
frente a ella, un calendario inmaculado,
se quita los pantalones hechos jirones y perforados,
si se los cose, no se los podrá abrochar,
se filtra por el techo, ahogado, el traqueteo de la cubertería de los de arriba,
qué lejos queda el mar.

El hombre se recuesta y se le escapa algún gemido,
llamó hace un tiempo al nombre más sugerente de los Clasificados,
"no diré nada, tú hazlo todo, y lentamente", y ya lo tenía,
doce minutos que se repiten en la grabadora, siempre atento a ellos,
con la mano derecha, raspa los separadores de un archivador,
pinza algunas separatas, y las deja caer,
dobla algunos folios, antes de descolocarse del todo,
tranquilo, en esa gruta, madriguera de la existencia.

El hombre miraba dubitativo a Bruno, que no era amigo ni extraño,
"como las de las revistas, pero en carne y hueso", aclaraba,
Bruno, alardeando una vez más de ligues que solo eran descritos,
tan tajante hablando de ellas que hacía dudar:
"si lleva medias, fíjate con atención, y elógialas, elógialas"
y callaba, pensativo, mientras inspeccionaba su camisa en busca de un cigarrillo,
si el silencio no se rompía, incluso esbozaba una media sonrisa.

El hombre lanzaba "la vida es dura..."
"pues yo juraría que es blanda", decía Bruno, agarrándose la entrepierna.
Bruno, que en invierno predecía las formas de una mujer por sus dientes,
su tacto suave, granuloso, estriado, o peludo,
su cuerpo duro, menudo, caído, o huesudo,
nada de eso incumbe al hombre,
la grabadora sigue informando.

El hombre ha de salir a por más tiritas,
no es ninguna metáfora, solo ha de comprar más tiritas,
los zapatos viejos siguen dejándole los talones al rojo vivo,
también lo que Bruno contó sobre la anoréxica:
moratones en las ingles por los huesos de las caderas,
y que "si Dios existe,
me espera una buena cuando me muera"
.

El hombre sale de la ducha del polideportivo mal vigilado,
la única toalla a mano aún está húmeda,
al arroparse con ella, sus nervios se agolpan sin salida,
la sacudida les hace desperezarse,
despierta, asimismo, al erizo que respira en su estómago,
pero aún son necesarios dos días de paciencia,
y el barniz se interpone entre sus huevos y la madera,
su piel mojada termina por humedecerse.